UN POCO DE HISTORIA
La conquista
La historia del vino en Chile comenzó con la llegada de los primeros conquistadores españoles. Las crónicas mencionan como precursor al sacerdote Francisco de Carabantes, quien en 1548 desembarcó en Concepción, 500 kilómetros al sur de Santiago, plantando vides de inmediato para proveer de vino a las ceremonias religiosas. Al norte de Santiago, Francisco de Aguirre hizo lo mismo en sus encomiendas de Copiapó y La Serena en 1550.
Las buenas condiciones climáticas permitieron que el cultivo se extendiera en la parte central del país. Pero pasaron tres siglos antes que se produjera un vuelco en la vitivinicultura chilena: en 1851 Silvestre Ochagavía introdujo cepas francesas en su propiedad de Talagante, y de esa forma inició la sustitución de las antiguas cepas españolas por las de Cabernet, Cot, Merlot, Pinot, Sauvignon, Semillón, Riesling y otras que constituyen la base de la producción de vinos en esta nación sudamericana.
Poco tiempo después, el mismo Ochagavía volvió a impactar la producción de vinos chilena con la contratación de un enólogo francés, Joseph Bertrand. La idea contagió a otros productores, y a finales de siglo las principales empresas vitivinícolas habían contratado técnicos europeos, en su Mayoría franceses.
En 1877 comenzaron las exportaciones de vinos chilenos a Europa, y su calidad fue destacada en las exposiciones de Burdeos (1882), Liverpool (1885) y París (1889).
Siglo XX
En 1900, las vides ya cubrían 40.000 hectáreas del territorio chileno. La superficie destinada a la vitivinicultura continuó incrementándose hasta 1938, cuando era de 108.000 hectáreas.
La historia del vino chileno en el siglo XX no fue fácil. Una ley de alcoholes virtualmente prohibió la plantación de viñedos y los trasplantes de viñas, mientras que la Segunda Guerra Mundial cerraba la puerta de las importaciones, incluyendo las de maquinaria vitícola.
La ley que restringía los viñedos fue derogada en 1974. A partir de 1980 la liberalización normativa y la apertura económica del país detonan una revolución. El sector vitivinícola se armó de maquinaria moderna, mejoró la tecnología de riego y plantación, incorporó cubas de acero inoxidable y barricas de roble francés, comenzó a utilizar botellas de mejor calidad.
Entre 1982 y 1983 se alcanzó la producción más alta, coincidiendo con una importante reducción en el consumo local. Ambos elementos provocaron una crisis de proporciones, con caída de precios y reemplazo de cultivos. Fue justamente en esta época cuando el esquema de familias tradicionales propietarias de grandes viñas comenzó a ser reemplazado por el de grupos económicos o sociedades anónimas, incluso con participación internacional, lo que impulsó definitivamente la modernización del negocio.
En los años 90 los vinos chilenos consolidaron definitivamente su presencia en el mercado internacional, con excelentes resultados y un prestigio bien ganado. Las exportaciones a Europa, Estados Unidos y principalmente Asia, han crecido cada año reportando en 1998 un total de US$502,91 millones. Actualmente los vinos chilenos se exportan a más de 100 países en cinco continentes.
La producción de vinos en Chile posee características œnicas que la destacan y elevan, incluso por sobre los países de producciones más conocidas, repasemos algunas de ellas.
CLIMA DE ESTACIONES MUY MARCADAS
Lo primero que debe destacarse de nuestro país es el excelente clima de estaciones muy marcadas, lo que se traduce en que a partir de Diciembre, e incluso Noviembre, hasta pasada la vendimia son muy escasas las precipitaciones.
Esto œltimo permite una buena maduración de la uva además de un fruto sano ya que, debido a la ausencia de humedad, no existe peligro de botritis. Por otra parte, este mismo factor evita en Chile algo que sucede comœnmente en otros países: la presencia de abundante lluvia antes de la vendimia la cual perjudica la cosecha. El exceso de agua en la planta durante este período hace que la uva, pequeña, concentrada y madura, la absorba diluyendo su contenido y produciendo un vino muy pobre y con bajo grado alcohólico. En Chile, prácticamente no se presentan lluvias antes o durante la vendimia, por lo que no existen diferencias dramáticas de calidad. Esta certeza de que la uva madurará bien, permite asegurar permanentemente una buena calidad con diferencias mínimas año a año.
GRAN VARIACIÓN TÉRMICA DIARIA
Un segundo factor climático positivo es la gran variación térmica diaria, que en algunos casos alcanza diferencias de hasta 20 grados entre el día y la noche. Esta variación térmica favorece la concentración de componentes aromáticos especialmente en la piel de la uva, lo que ayuda a obtener uva de gran calidad, evidenciada en el intenso color que fácilmente logran sus mostos.
La conjunción de otros elementos como por ejemplo la latitud precisa para una adecuada radiación solar, la brisa del Océano Pacífico actuando como moderador de la temperatura y la imponente cordillera de Los Andes que sirve de contrafuerte, permiten que las distintas variedades encuentren su ambiente ideal en los valles que se ubican de norte a sur, asociando ciertas cepas a zonas donde se dan sus mejores condiciones de producción. A modo de ejemplo podemos citar a los tintos del Valle del Maipo o de Colchagua y los blancos del Valle de Casablanca.
ÚNICO PAÍS LIBRE DE FILOXERA
Gracias al carácter aislado de su territorio, Chile es el œnico país en el mundo libre de filoxera, plaga que a mediados del siglo XIX arrasó Europa. Por esta razón, es posible encontrar en nuestro país vides originales -algunas de gran edad-, que producen un fruto concentrado, de color intenso y variedad de tonos frutales. Estas cepas completamente originales permiten que la calidad de su fruta no se altere, ya que no requieren de un portainjerto para resistir la plaga como las demás, lo cual altera el flujo de agua, nutrientes y demás sustancias propias de la planta.
Una nueva ventaja de los vinos nacionales es que pueden ser consumidos al año de ser producidos y no son agresivos en la boca. En otros países, en cambio, necesitan guardarse por más tiempo debido a que los vinos nuevos pueden llegar a ser muy astringentes, o sea, muy duros en la boca. Los tintos jóvenes chilenos, en cambio, tienen un rico sabor varietal, dominados por frutas rojas y notas de vainilla, donde los taninos se presentan sin dañar el sabor general. Por otro lado, su baja acidez permite un desarrollo más rápido, por lo que con 5 ó 6 años de guarda el vino obtiene la maduración necesaria para lograr notas de complejidad sin perder su buen cuerpo.
AVAL DE PRODUCTORES INTERNACIONALES
Conociendo las características positivas de las vides chilenas, destacados productores internacionales como el español Miguel Torres, los franceses Barón de Rothschild y Chateau Lafite, junto al norteamericano Robert Mondavi por mencionar algunos, se establecieron en el país realizando importantes inversiones para aprovechar estas ventajas.
Actualmente, el vino chileno es reconocido mundialmente por su excelente relación precio calidad, pero su futuro presenta horizontes más ambiciosos. El desafío es aprovechar aœn más la gran calidad de la uva chilena desarrollando vinos premium junto a una mayor variedad de cepas. Históricamente, la mayoría de la producción nacional ha sido de Cabernet Sauvignon, pero en el œltimo tiempo se han ido sumando con éxito cepas como el Merlot, y más recientemente Carmenere y Syrah. Hoy en día ya es posible mencionar ejemplos muy concretos de vinos premium, que son obras destacadas de enólogos locales que han incursionado con éxito en este campo, como también producciones conjuntas de empresas extranjeras que suman su experiencia a sus socios nacionales, todo lo cual confirma un futuro prometedor para el vino chileno.